lunes, 12 de julio de 2010

El abuelo

Un hombre, que se llama Amando, nacido en un pueblo que se llama Salitre, en la costa del Ecuador, me regaló la historia de su abuelo.
Los tataranietos se turnaban haciéndole la guardia. En la puerta le había puesto candado y cadena. Don Segundo Hidalgo decía que de ahí le venían los achaques:
-Tengo reuma de gato castrado -se quejaba.
A los cien años cumplidos, don Segundo aprovechaba cualquier descuido, montaba en pelo y se escapaba a buscar novias por ahí. Nadie sabía tanto de mujeres y de caballos. Él había poblado esa aldea de Salitre, y la comarca, y la región, desde que fue padre por primera vez, a los trece años.
El abuelo confesaba trescientas mujeres, aunque todo el mundo sabía que habían sido más de cuatrocientas. Pero una, una que se llamaba Blanquita, había sido la más mujer de todas.
Hacía treinta años que había muerto Blanquita, y él la convocaba todavía, a la hora del crepúsculo. Amando, el nieto, el que me regaló esta historia, se escondía y espiaba la ceremonia secreta. En el balcón, iluminado por la última luz, el abuelo abría una talquera de otros tiempos, una caja redonda de aquellas con ángeles rosaditos en la tapa, y se llevaba el algodón a la nariz:
-Creo que te conozco -murmuraba, aspirando el leve perfume de aquel polvo-. Creo que te conozco.
Y muy suavemente se balanceaba, dormitando murmullos en la mecedora.
Al atardecer de cada día, el abuelo cumplía su homenaje a la más amada. Y una vez por semana, la traicionaba. Le era infiel con una gorda que cocinaba recetas complicadísimas en la televisión. El abuelo, dueño del primer y único televisor del pueblo de Salitre, jamás se perdía ese programa. Se bañaba y se afeitaba y se vestía de punta en blanco, como para una fiesta, el mejor sombrero, los botines de charol, el chaleco de botones dorados, la corbata de seda, y se sentaba bien pegado a la pantalla. Mientras la gorda batía sus cremas y alzaba el cucharón, explicando las claves de algún sabor único, exclusivo, incomparable, el abuelo le hacía guiñadas y le lanzaba furtivos besos. La libreta de ahorros del banco asomaba en el bolsillo de arriba del traje. El abuelo ponía la libreta, así, insinuadita, como al descuido, para que la gorda viera que él no era un pobre pelagatos.

Eduardo Galeano,
(escritor uruguayo).

Para vos, Nico, que siempre me hablas de tu abuelo. Nos veremos pronto.

domingo, 20 de junio de 2010

sólo vine a ver el jardín.
tengo frío en las manos.
frío en el pecho.
frío en el lugar donde en los demás se forma el pensamiento.
no es éste el jardín que vine a buscar
a fin de entrar, de entrar, no de salir.

por favor, no creas que me lamento.
si comprendieras la voluptuosidad de comprobar.

me amaron, a lo menos eso dijeron.
muchos me amaron porque no soy parecida más que a mí
y por otros imponderables más bellos que la sonrisa de la
.......................................................[Virgen de las Rocas.
yo, ahora, creo amar y me siento acabada, epilogada.
¿cómo aprender los gestos primarios
de las pasiones elementales?

No me consuela

1972
Alejandra Pizarnik.

martes, 1 de junio de 2010

Los árboles mueren de pie (fragmento)

ABUELA.- ¡Pero qué estas diciendo! Hablas de tu marido como si no fuera tuyo; como si tuvieras que ganártelo aún.
ISABEL.- Es que usted no puede imaginar todo lo que es Mauricio para mí. Es más que el amor, es la vida entera. El día que le conocí estaba tan desesperada que me habría dejado morir en un rincón como un perro con frío. Él pasó junto a mí con un ramo de rosas y una palabra; aquella palabra sola me devolvió de golpe todo lo que creía perdido. En aquel momento comprendí desde dentro que iba a ser suya para siempre, aunque fuera de lejos, aunque él no volviera a mirarme nunca más. ¡Y aquí me tiene, atada a su carro, pero feliz porque es suyo!
ABUELA.- ¿Tan loca estás, hija?
ISABEL.- Si la locura es eso, bendita sea la locura. Benditos los ojos que me miran aunque no me vean. Bendita su mano en mi cintura aunque no sea más que un sueño. Escuche, abuela... (Se arrodilla a su lado.) El otro día me preguntaba usted por qué no quería hablar otro idioma que el de Mauricio. ¿Comprende ahora por qué? Un idioma no son las palabras, son las cosas, es la vida misma. Cuando yo era niña, mi madre me decía "querida"; era una palabra. Cuando iba a la escuela, la maestra me decía "querida"; era otra palabra. Pero la primera vez que Mauricio, sin voz casi, me dijo "¡querida!", aquello ya no era una palabra: era una cosa viva que se abrazaba a las entrañas y hacía temblar las rodillas. Era como si fuera el primer día del mundo y nunca se hubiera querido nadie antes que nosotros. Por la noche no podía dormir. "¡Querida, querida, querida...! Allí estaba la palabra viva rebotándome en los oídos, en la almohada, en la sangre. ¡Qué importa ahora que Mauricio no me mire si él me llena los ojos! ¡Qué me importa que el ramo de rosas siga diciendo "mañana" si él me dio fuerzas para esperarlo todo! Si no hace falta que nos quieran..., ¡si basta querer para ser feliz, abuela, feliz, feliz...!

Alejandro Casona

Diario de la guerra del cerdo (fragmento)

La miraba de cerca. Fijaba los ojos en los labios, en detalles de la piel, en el cuello, en las manos que le parecían expresivas y misteriosas. De pronto creyó que no besarla era una privación intolerable. Se dijo: "Estoy loco". Recapacitó que si la besaba, estropearía toda la ternura que ella tan espontáneamente le prodigaba. Caería tal vez en un error que la desilusionaría, que lo exhibiría como individuo insensible, incapaz de interpretar correctamente una efusión de generosidad; como un hipócrita, que se finge bueno, mientras hierve de apetitos groseros; como un tonto que se atreve a expresarlos. Pensó: "Esto no me pasaba antes" (y se dijo que el comentario se le volvía habitual). "En una situación así yo era un hombre frente a una mujer; ahora..." ¿Y si ahora se equivocaba? ¿Si perdía, por una incorregible timidez, la mejor oportunidad? ¿Por qué no ver las cosas humildemente, no entender que Nélida y él...?

Adolfo Bioy Casares
(1914-1999)

sábado, 29 de mayo de 2010

La máscara de la muerte roja (fragmentos)

(...)Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias. (...)

(...) Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

Edgar Allan Poe

jueves, 29 de abril de 2010

La Mesa Verde

El sol como un gran animal demasiado amarillo. Es una suerte que nadie me ayude. Nada más peligroso, cuando se necesita ayuda, que recibir ayuda.

*

Me rememoro al sol de la infancia, infusa de muerte, de vida hermosa.

*

Pero a mi noche no la mata ningún sol.

*

La errancia, la canción de nosotros dos, tiemblo como en una metáfora el alma comparada con una candela.

*

Y nada será tuyo salvo un ir hacia donde no hay dónde.

*

He aquí que se estremece el espacio como un gran loco.

*

Alguien demora en el jardín el paso del tiempo.

*

Me alimento de música y de agua negra. Soy tu niña calcinada por un sueño implacable.

*

Máscaras de la noche en qué lugar perdido que nadie más que yo conoce.

*

¿Tendré tiempo para hacerme una máscara cuando emerja de la sombra?

*

Invitada a ir nada más hasta el fondo.

*

Me pruebo en el lenguaje en que compruebo el peso de mis muertos.

*

El mar esconde sus muertos. Porque lo de abajo tiene que quedar abajo.

*

Para mejor ser el que fue, ha querellado con su nueva sombra, ha luchado contra lo opaco.


Alejandra Pizarnik.

martes, 27 de abril de 2010

Bruja (fragmento)

Integró una biblioteca con volúmenes rosa, tuvo casi todos los discos de Pedro Vargas y algunos de Elvira Ríos; llegó un momento en que ya poco deseaba y su capricho sólo halló ejercicio en alguna golosina, un perfume nuevo, una sazón de pescado. Pero después Paula quiso tener un hombre que la amara, y aunque vaciló largo tiempo entre recibir en su lecho a cualquiera de sus fieles pretendientes o crear un ser que cumpliera en todo sus románticas visiones de antaño, comprendió que no había alternativas y le era forzoso decidirse por lo último. Un amante del pueblo hubiera preguntado, inquirido hasta descubrir, más allá de la sonrisa, el poder de bruja. Y entonces hubiera sido el terror, la persecución, la locura.
Creó su hombre. Su hombre la amó. Era bello, fino, se llamaba Esteban, jamás quería salir de la casa: así tenía que ser. Ya enteramente aislada de sus semejantes, Paula negó el té a los amigos y éstos presintieron la regencia de un macho en la casa. Tristes de corazón, se volvieron al pueblo.


Julio Cortázar.

martes, 20 de abril de 2010

La sirena varada (fragmento)

Encuentro que la vida es aburrida y estúpida por falta de imaginación. Demasiada razón, demasiada disciplina en todo. Y he pensado que en cualquier rincón hay media docena de hombres interesantes, con fantasía y sin sentido, que se están pudriendo entre los demás. Pues bien: yo voy a reunirlos en mi casa, libres y disparatados. A inventar una vida nueva, a soñar imposibles. Y todos conmigo, en esta casa: un asilo para huérfanos de sentido común.

Alejandro Casona.

sábado, 17 de abril de 2010

Un amor contra natura

Festejado fue siempre el fervor erótico de los habitantes de Citeres, la isla consagrada a Afrodita. "Aquí todo está permitido", decían, "con la condición de que culmine en la cópula, pues de lo contrario es puro vicio". De modo que aquel espéctaculo los espantó. Durante varios días, en la playa, a la plena luz del sol, dos viciosos se abrazaban, se besaban, se acariciaban. Él, en opulenta erección, rugía de magnífico ardor. Ella lanzaba maravillosos himnos obscenos. Hasta ahí todo estaba en regla y no había nada que decir. Pero después de una hora de preparativos él regresaba al bosque y ella se iba a nadar en las aguas del mar cretense. Los pobladores de Citeres no toleraron tanto escándalo y el centauro y la sirena fueron conducidos a la cárcel.


Marco Denevi.
El Jardín de las Delicias. Mitos Eróticos.

sábado, 3 de abril de 2010

Interrogante

¿Por qué serás tan condenadamente retorcido?
Tus idas y vueltas son insoportables...

jueves, 1 de abril de 2010

La construcción corre por tu cuenta

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a a Abramos alegrías allá alma Aquí árboles aromas arroyos brilla colores compartamos con con cuenta cuentos de de de de de de de despliegan dramas dulcificados El el el enriquecernos Escuchemos hay hermosos historias historias hojas impregnados interpretarlas La La La la la las lavando Leamos lejos lejos literatura llevándoselas Llora lluvia lo los los los los los luz más más más mejores mentes miedos muerte muestra murmullo naturaleza néctar nos nos novelas nuestra nuestras nuestras nuestros nuestros ofrece oscuridad para para penas percibirlas poesías que que que rodea saber sabiduría se sentimientos sólo sublime sus sus sus teje teñidos todos universo vida y y , , , , , , , , , , , , , , . . . . . ; ¿ ¡ ¡ ¡ ? ! ! !