jueves, 7 de febrero de 2013

Mártir

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... Abstracciones esenciales giran en mí
como torbellinos de agua helada.
... Mantos de frescura eterna
abrigan mi serenidad.
... Cosmos infinitos de luz
vislumbran mi cadenciosa amplitud.
... Brillo inmutable de azul
se apodera de mi maldición.
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... ¿Correr o no correr?
Es la eterna pregunta de mi ser,
es la constante duda del hacer,
es la llama candente del placer.
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... ¿Morir o no dejar?
Es la fuerza de mi voluntad
que no ceja nunca de actuar,
que no abandona mi dolor.

viernes, 1 de febrero de 2013

Biografía de un hombre común

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... Nació una fría mañana de abril, cuando el reloj daba las tres y veinte de la tarde.
... Vivió (como pudo).
... Murió.

jueves, 31 de enero de 2013

Misterios (IV)

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... En el quinto piso del edificio de Avenida Rivadavia al 1878, hay un departamento cuyo piso ostenta una mancha de sangre perteneciente al Sumo Pontífice Pío IX señalando el lugar en el que fue asesinado.
... Esto es negado por historiadores devotos, quienes aseguran que este edificio no estaba construido a la muerte de dicho Papa y que, por añadidura, Pío IX murió de causas naturales.

Máquinas

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... Hay que tener cuidado con las máquinas de escribir. Son tremendamente engañosas. Bajo su apariencia inocente e impertérrita se esconden almas paradójicamente egoístas.
... Ellas ponen el esfuerzo, los materiales y la tecnología, y el escribiente pone la imaginación. Pero las máquinas son increíblemente celosas. No quieren reconocer que hay algo que les es imposible aportar, y lo niegan. Asumen que es su intelecto el que crea lo que se escribe, y que una fuerza misteriosa lleva esa idea a la mente del escribiente.
... Esta es una mentira que se dicen a ellas mismas para poder descansar tranquilamente en su maletín por las noches. pero a veces no es suficiente.
... Muchas veces tienen que hacer frente al reconocimiento de algún escritor (reconocimiento del que son descaradamente excluidas). Es entonces cuando hay que tener cuidado.
... Porque se sabe de casos en que autores fueron hallados muertos inexplicablemente en sus domicilios, sin signos de violencia, y con las manos colocadas sobre la máquina de escribir, como si se hubieran dispuesto a materializar una idea justo en el momento del deceso.
... Obviamente, nunca se pudo probar nada en contra de estas máquinas frías y silenciosas, pero en su sonrisa férrea se deja entrever el secreto regocijo de un trabajo bien realizado.

sábado, 19 de enero de 2013

Misterios (III)


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... En la industria discográfica, todo disco reproducido en sentido contrario deja escuchar un mensaje satánico que insta al oyente al asesinato y otras acciones salvajes.
... La única excepción a esto son los discos de Diamanda Galás, que deja escuchar el mismo tipo de mensajes, pero en el sentido de reproducción normal.

Los treinta y ocho asesinatos y medio del Castillo de Hull


I
Planteamiento del problema
Una carta y un ponche
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... Al día siguiente, muy de mañana, me dirigí a casa de Sherlock Holmes, cuando advertí dos cosas singulares: que me había puesto una corbata repugnante y que los transeúntes con que me topaba al paso devoraban ansiosamente los periódicos de la mañana. Mirando con atención y serenidad crítica mi corbata, pensé: "¡Algo gordo sucede! Pues si no ocurriera algo gordo, los transeúntes no devorarían los periódicos de la mañana ansiosamente, sino que se dedicarían a contemplarme la corbata entre carcajadas salvajes." Porque, en efecto, mi corbata era la tira de tela más intolerable que saliera del establecimiento de E. T. Burns (Atkinson Royal Irish Poplin Made en Dublin - Ireland), fabricante de corbatas. Y, de otra parte, de no suceder algo gordo, ¿por qué iba a haberme escrito Sherlock Holmes? Sherlock me había enviado una carta inesperada e incomprensible:
... "Querido Harry: anticipe usted la hora de venir a verme, acudiendo inmediatamente a mi casa. Ha surgido un problema que merece nuestra atención más concentrada. Traiga consigo dos pesas de 70 libras cada una; es imprescindible que haga usted el camino a pie y a una velocidad media de veintiocho toesas por hora.- S. H."
... Mi primera decisión, al recibir aquellas extrañas líneas, fue arrojarme del lecho, pues me sorprendieron en un resuelto decúbito supino; en seguida me agarré a un tratado de medidas internacionales para averiguar el tamaño de la toesa francesa y saber a qué velocidad debía ponerme en marcha hacia el domicilio de Sherlock; luego telefoneé a la Real Sociedad Gimnástica Británica, pidiendo las dos pesas de 70 libras, y por último, me afeité denodadamente y me vestí de un modo vertiginoso, lo que explica el que me pusiese aquella corbata infecta.
... Sería ocioso añadir que, cumpliendo fielmente las órdenes de Sherlock Holmes, recorrí las veintiséis toesas que me separaban de la casa del detective, las cuales resultaron ser exactamente veintisiete kilómetros y medio; y como las recorrí a pie y provisto de las dos pesas, aun será más ocioso añadir que llegué jadeando a 57, Baker Street.
... Al entrar en el piso del maestro, hallé a éste conversando con un caballero de sesenta años, dos meses y un día. Pero yo no estaba para fijarme en detalles: iba tan rendido, que tiré las pesas y me derrumbé en un diván, donde dormí por espacio de seis horas. Ni Sherlock ni su visitante interrumpieron mi sueño, porque, según supe más tarde, las pesas que tiré al entrar fueron a parar a sus respectivas cabezas, lo que provocó en ambos ese divertido estado de inconsciencia, conocido deportivamente por K. O. técnico, en el que persistieron durante cinco horas y cincuenta y ocho minutos. Al cabo de ese tiempo, Sherlock me despertó, me tanteó el biceps de los dos brazos y habló así:
... -All right! Veo, Harry, que está usted fuerte. Quizá necesitemos pronto del vigor de sus brazos, y si le he hecho venir a pie, de prisa y trayendo una pesa de 70 libras en cada mano, ha sido precisamente para que usted se robusteciera lo más rápidamente posible.
... Y agregó a guisa de resumen:
... -To be or not to be! 1).
... A continuación señaló una mesita enana que se hallaba junto al diván, y concluyó:
... -Conseguido mi objeto, tómese ese ponche que ha preparado especialmente para usted la señora Hudson, y ayúdeme a escuchar a este caballero.
... Y me indicó al señor de los sesenta años, dos meses y un día.
... -¿Qué tengo que hacer para ayudarle a usted a escuchar a este caballero, maestro?
... -Nada.
... -Entonces verá usted qué bien lo hago.
... Y para escuchar a aquel caballero, me dispuse a no hacer nada. En cambio, para tomarme el ponche tuve que apretarme la nariz con los dedos y echármelo al coleto de un golpe, porque la verdad es que el ponche me da asco desde tres semanas antes de nacer Juan Sin Tierra.
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1) "El tiempo es oro"; ya se ha dicho.


Enrique Jardiel Poncela, Cinco kilos de cosas, 1945

lunes, 31 de diciembre de 2012

La noche de Año Nuevo en el Café

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... Pasar la noche de Año Nuevo en el café es propio de familias burguesas. También es propio de familias que, sin ser burguesas, se han quedado aquel día sin cocinera. Y también es propio de los que, no teniendo dinero, tienen crédito en un café y aprovechan el crédito para cenar bárbaramente e irse sin pagar con un gesto de hombre que no está para reparar en minucias. Al irse encienden un puro.
... Esto del puro es muy importante. No se ha dado un caso en la historia del hombre que se va sin pagar que no encienda un puro al salir; ni se ha dado el caso de que encienda el puro él mismo, sino que el hombre que se va del café sin pagar la cena de Año Nuevo llama al camarero y le dice:
... -¿Qué te debo?
... -Tanto.
... -Bueno, pues apúntamelo, y dame lumbre...
... Si dijera sólo: "Bueno, pues apúntamelo", acaso el camarero se opondría a su mutis y hasta llamase a los guardias; pero añadiendo:
... ...y dame lumbre...
el camarero sonríe y se apresura a contestar:
... -¡Con mucho gusto, don Joaquín!
... Y le enciende el puro. Y don Joaquín se va tan contento, y el camarero se queda con la cerilla en la mano.
... Un Año Nuevo en un café siempre es triste.
... Los relojes no dan la hora nunca. Los camareros dan las "medias" cada vez más de tarde en tarde, y los parroquianos se resisten a dar los "cuartos", como ya hemos visto.


Enrique Jardiel Poncela: Máximas Mínimas, 1940.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Misterios (II)

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... Hace un tiempo, cuando una persona se paraba en el oscuro frente a un espejo y repetía tres veces "Bloody Mary", recibía la visita de dicho espectro.
... Ya desde hace poco, este espectro se dio cuenta de que cada vez que lo invocaban era para satisfacer la curiosidad de jóvenes idiotas, por lo que o no acude ante dichas personas, o les muestra por el espejo escenas de "El Último Tango en París".

El Somarova

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... Aquella mujer se llamaba... ¿cómo se llamaba? No lo recuerdo; pero sí recuerdo que sus padres eran de León.
... Vestía de un modo muy elegante, y la exquisitez de sus maneras y costumbres extrañaba mucho, casi tanto como el acto de levantarse de un tranvía para cederle el asiento a uno de la soldadura autógena.
... Al verme por la calle con ella, mis amigos se apresuraban a decir que me engañaba con otro; apunto este detalle para que se den ustedes cuenta de lo hermosa que era.
... Pero no me engañaba con nadie; os lo juro.
... Lentamente, yo, que acostumbraba pisar en todos los charcos los días de lluvia, a romper la contera del bastón y hacer otras cosas de idéntico mal gusto e igual de reprobables, fui volviéndome exquisito y ultrasensible como mi amada; todas las mujeres ultrasensibles y exquisitas verifican en sus amados semejantes transformaciones.
... Al principio todo fue bien. Yo estaba muy satisfecho de mi cambio, de usar camisas de seda, de pintarme las uñas de las manos con esmalte rojo y las de los pies con esmalte azul; de dejarme caer en las butacas con una laxitud oriental, de fumar cigarrillos egipcios manufacturados en Inglaterra, de quemar sándalo en mi alcoba y de absorber bicarbonato diciendo que era cocaína.
... Pero el día en que mi amada me enseñó a beber y a preparar la bebida rusa "somarova", colmo y empíreo de la exquisitez, aquel día comenzó a iniciarse mi desventura.
... Fue en su casa, una tarde en que nos aburríamos como dos rompientes de acantilado. De pronto, mi amada se había levantado y me había dicho, entornando los ojos, según la moda de Chamonix.
... -Felipe... Voy a enseñarte a preparar el "somarova". El "somarova" es una bebida rusa...
... -¡Ah! -dije sencillamente.
... -Aprendí a hacerla el año pasado que estuve con mi abuelo pescando truchas en el Volga.
... -¿El Volga no es un volcán?
... -No. Un río.
... -¿Francés?
... -Ruso.
... -¿No pasa por París?
... -No.
... La circunstancia de que no pasase por París, cosa que hace todo el que se estima, me forzó a desdeñar un poco el Volga.
... Mi amada había empezado a preparar el "somarova" e iba dándome explicaciones.
... La operación era complicada.
... -¿Ves? -decía-. Se exprime un limón y una naranja en una jarrita de café, y se le añade azúcar; se mueve bien con una varilla de cristal y con la cucharita se retiran las pepas que hayan caído al exprimir. Se vierte en la copa de metal hielo, ron y anís, a partes iguales, y se echan en la mezcla algunos granos de menta y dos o tres frutas escarchadas. En el licor así obtenido se escancia el café y lo demás, y vuelve a removerse a conciencia. ¿Te das cuenta? Ahora se cogen guindas, se mojan en éter, y el "somarova" está dispuesto.
... -¿Y... ya?
... -Ya no falta más que beberlo.
... Efectivamente; mi amada cogió el vaso en forma de búcaro y se lo tomó todo de un golpe.
... -Pero, oye -murmuré yo-. ¿Y yo?
... -Hazte más. Ya sabes cómo se prepara...
... Cogí el limón y lo exprimí en agua; añadí éter; junté ron, frutas escarchadas, naranja y anís, eché azúcar, revolví y me lo tomé, después de comerme dos granos de menta y de mascar un trozo de hielo. Me hizo la impresión de que tomaba zotal.
... -¿No te gusta?
... Tuve el valor de no responder. Y me fui a casa.
... Pero al día siguiente ordené a mi doncella que me trajese media docena de pasteles, perejil, mostaza, goma arábiga en polvo, tomillo y yeso cocido. Agregué unos pedacitos de badana de un sombrero viejo y me encerré en mi cuarto, donde me dediqué a hacer algunas manipulaciones infernales, rellenando los pasteles.
... Entregué los pasteles rellenos a mi doncella, y ésta los llevó a casa de mi amada con una tarjeta:
... "Amada mía: Tómatelos en ayunas. Son unos pasteles llamados "ascatrocis", que aprendí a fabricar cuando estuve con mi abuelo en Madagascar injertando flautines en palmeras.
... Los "ascatrocis" son exquisitos. - Tu Felipe."
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... Mi amada murió aquella misma noche.
... Los médicos certificaron que de un derrame seroso. Pero los médicos no saben una palabra de Medicina.


Enrique Jardiel Poncela: El Libro del Convaleciente, 1938.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Misterios (I)

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... En una ruta de la región norte, cuando un automóvil pasa por determinado lugar exactamente a la medianoche, desaparece.
... Si el conductor es una mujer, aparece en el mismo lugar, a la misma hora, pero veinte años después. Su apariencia no se ve afectada por el paso del tiempo. Pero si es un hombre, no aparece nunca más.
... Las autoridades se niegan a decir el número de la ruta en cuestión.

Los crímenes del espectador: Golaud debe morir

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... En el primer intervalo me presenté en el camarín de Golaud y le dije con toda amabilidad:
... -Señor, le ruego que me escuche. Todos los espectadores estamos en favor de Peleas y Melisenda. Usted sabe mejor que yo que esos dos jóvenes han nacido el uno para el otro. Pero usted se interpone, los obliga a amarse a escondidas, los condena a un destino miserable. Al final morirán. ¿Y usted qué gana? La viudez y nuestras maldiciones.
... El imbécil balbuceó:
... -No comprendo.
... Le hablé como a un niño caprichoso:
... -No comprende. Sin embargo es fácil. Le pido que renuncie a ese abominable papel que le han asignado. ¿No percibe el vaho de odio que su presencia provoca en el público? Lo detestamos, señor, convénzase. Y amamos y compadecemos a Peleas y Melisenda. Las mujeres hasta lloran. En cuanto a sus compañeros, disimulan porque son buenos actores, pero es evidente que su madre Genoveva y el viejo Arkel desaprueban su conducta y que el pequeño Yniold le tiene miedo. Además, obligarlo a espiar, ¡qué canallada! Resumiendo: usted es el objeto de la animadversión general. ¿No preferiría, siquiera una noche, suscitar nuestro agradecimiento, toda nuestra simpatía? ¿No le gustaría, confiéselo, ver a Peleas y Melisenda cantar a pleno pulmón un dúo de amor mientras el viejo Arkel los bendice?
... Se puso de pie. Creo que temblaba.
... -Pero, ¿qué es lo que quiere de mí?
... Lo miré fijo.
... -En el próximo acto adelántese de pronto hacia las candilejas y dígale al director: "Pare la música". Imagínese la conmoción. Entonces, en ese silencio, hable. "Señoras y señores, sé que todos deseáis que Peleas y Melisenda sean felices. ¿El obstáculo soy yo? Pues bien, me hago a un lado. Adiós". Y sombrío y taciturno, pálido, envuelto en una capa negra, monte a caballo y entre el resplandor de las antorchas parta hacia la guerra, donde se dejará matar. Le prometo que sabremos apreciar su sacrificio. Lo aplaudiremos estruendosamente. Cinco o seis salidas a escena abierta. Y después que usted se haya ido, Peleas y Melisenda podrán, por fin, acostarse juntos. No los prive, siquiera una vez, de esa felicidad. No nos prive a nosotros de la satisfacción de levantarnos de nuestras butacas, no con lágrimas en los ojos, sino con una sonrisa en los labios. ¿Qué quiero de usted? Ya ve. Poca cosa. Un mutis a tiempo. En las próximas funciones podrá seguir representando su papel hasta el final, si tanto le gusta. Pero esta noche, se lo pido sólo por esta noche, váyase.
... Intentó dar un paso hacia la puerta. Yo se lo impedí.
... -Escuche, me hago cargo de sus objeciones. No acepta ser cornudo consciente. Es una razón respetabilísima. Pero considere que durante muchos años, en todos los teatros del mundo, usted demostró ser un marido puntilloso, celoso de su honor. ¿Cuántas veces mató ya a Peleas? Miles. Su reputación está a salvo. Conocemos de sobra su carácter. De manera que si en esta única función se muestra dispuesto a ceder, nadie lo acusará de complaciente. Al contrario. Entenderemos que es una tregua que nos concede a todos,  Peleas, a Melisenda, al público, a usted mismo. Un respiro, una pausa en esta historia desdichada, una cortesía. Mañana volverá a cumplir escrupulosamente sus deberes de marido. Y cuando de nuevo mate a Peleas, cuando otra vez arrastre a la pobre Melisenda a la desesperación y a la muerte, los espectadores, recordando lo de esta noche, comprenderán que usted en el fondo no quiere hacer mal a nadie, pero que se ve extorsionado, por un texto implacable, a representar este papel antipático. Ya nadie lo aborrecerá. Todo habrá cambiado. Lo miraremos con secreta piedad. Hasta es posible que las mujeres, enternecidas, también lloren por usted. ¿Qué me responde?
... El infeliz se sentó frente al espejo y empezó a retocarse el maquillaje.
... -Usted está loco -masculló-. Yo debo atenerme al libreto.
... Lo miré más de cerca y de golpe comprendí. No era sólo Golaud. Era también el barón Scarpia, Yago, Hagen, el conde de Luna, Giovanni Malatesta. Era el mismo incordio que en todas las obras se opone a los amores de los jóvenes y les arruina la felicidad. No, no lo convencería. Y aunque consiguiese esta noche apartarlo de Peleas y Melisenda reaparecería mañana junto a Tosca, a Desdémona, a Sigfrido, al Trovador y a la patética Francesca da Rímini. Debía eliminarlo de una vez y para siempre. Rápidamente, silenciosamente le clavé un puñal entre los omóplatos y me escabullí del camarín.
... Cuando, ya sentado en mi luneta, esperaba que el telón se levantase y que Peleas y Melisenda, libres de Golaud, cantasen la apoteosis de su amor, un hombre vestido de negro apareció en el escenario y anunció que la función se suspendía por enfermedad del barítono. Es inútil. La nefasta ralea de los Golaud siempre se sale con la suya.

Marco Denevi: Parque de Diversiones, 1970.