sábado, 30 de octubre de 2010

Pintura 1957

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La soledad llena mis noches. No tengo a nadie con quien conversar en mi trabajo, por lo que me dedico a recorrer los pasillos solo, en silencio, oyendo el ruido de mis pasos en los pisos de cerámica.
... Soy guardián nocturno en un museo. Muchos dirán que es aburrido, pero a mí me gusta. Estoy siempre en contacto con el arte, cosa que me encanta, y hasta siento que con los cuadros y las esculturas ya somos una gran familia. Incluso me quedo conversando con algunas de las personas retratadas, les pregunto cómo se sienten, qué les anda pasando, cómo están sus familias, entre otras cosas.
... Conozco el lugar de memoria. Podría encontrar cualquier cuadro con los ojos cerrados. Cualquier cambio, por más mínimo que fuere, saltaría a mi vista de inmediato; es que trabajo aquí desde hace diecisiete años, diecisiete largos años, con todas sus noches y sus soledades.
... Y es que nunca falto al museo. Creo que sólo dos veces me tomé vacaciones, y algún que otro fin de año me tomaba unos días libres, pero luego me preguntaba: ¿para qué faltar? No tengo a nadie con quien pasar esas fechas, y solo me aburría demasiado. No tengo familia ni amigos, no me interesan las relaciones humanas. Pienso que todas las personas son mezquinas, codiciosas, que esconden su verdadera apariencia bajo una máscara de humildad y bondad con el único fin de pasar por encima de quien sea para alcanzar sus ambiciones. Por eso no quise dedicarme a otra cosa. Mi padre y su padre y el padre de su padre fueron policías, pero yo no podía soportar el ser funcional a un sistema repleto de corrupción, quería aportar algo bueno al mundo, por lo que dediqué mis días a resguardar la única belleza que puede producir el hombre: el arte. El arte es lo único que necesito, lo único que me entiende, sólo tengo los cuadros que me acompañan siempre. Así que decidí no faltar nunca a mi trabajo, así yo estoy tranquilo con las obras, y ellas estás seguras en sus respectivos lugares. Porque a los cuadros les puede pasar cualquier cosa, que los roben, que se caigan, hasta podría haber un incendio y mis cuadros no tendrían a quién pedirle ayuda porque sólo confían en mí. A las autoridades del museo les parece extraño que prefiera el turno noche y nunca me tome días de descanso, pero la verdad es que nunca, desde que ingresé como guardia nocturno, tuvieron ningún problema. Saben que soy responsable, y que me gusta este horario, que muchos odian porque les da vuelta el reloj, pierden todo el día durmiendo y a la noche no pueden salir a divertirse (que es lo único que les importa). Como a mí no me interesa ese tipo de diversión, me entrego de lleno a la tarea para la que fui contratado; así, la colección de arte no corre peligro alguno ya que cuido las obras con mi vida. Las amo demasiado como para permitir que les suceda algo. Algunos dirán que lo mío es una obsesión, pero no: tengo demasiado amor para dar,y no tengo a nadie a quién dárselo, por lo que me ocupo con mucho esmero de mis cuadros.
... Somos una gran familia. A veces siento que somos como un matrimonio poligámico: yo soy el hombre y los cuadros y esculturas son mis mujeres. Yo las protejo de cualquier peligro, les satisfago sus necesidades, y ellas satisfacen las mías. Son demasiadas mujeres, pero no se ponen celosas, porque tengo tiempo y cariño para todas por igual. Nuestra vida conyugal transcurre serena, apacible y agradable.
... Pero el problema empezó hará dos meses, más o menos. El museo había decidido ampliarse, por lo que adquirieron varias obras nuevas para ubicar en un ala recién construida del museo. Al principio me adapté bien; me costó trabajo conocer las obras nuevas e incorporarlas a mi recorrido nocturno, pero poco a poco volví a mi rutina estable. Parecía como si las obras hubieran estado siempre allí, sobre todo por el tipo de relación que establecieron unas con otras. Parecían grandes amigas que compartían todo sin ningún problema.
... Pero unas semanas después empecé a sentirme raro, como ligeramente descontento. Empecé a descuidar algunas obras, a saltear parte de mi recorrido habitual. Poco a poco reducía mi circuito cada vez más, hasta que solo quedé con el ala nueva del museo. Las obras sintieron este cambio, y empezaron a reclamarme, suave al principio, pero luego más insistentemente. Llegó un momento a partir del cual no soportaba verlas porque me enloquecían con sus gritos, y poco a poco fui reduciendo mi recorrido dentro del ala nueva, hasta que solo quedé con una obra.
... Era hermosa, sencilla y amable. Era la única que no me molestaba. "Pintura 1957". Así se llamaba. Me quedaba horas mirándola y seduciéndola. A ella creo que le gustaba, pero era tímida, le costaba mostrarse tal como era. Y claro, eso molestó mucho a las otras. De a poco fueron cambiando sus reproches, hasta que llegaron a mostrar plenamente su odio para con ella. Me reclamaban y decían que ella me apartaba del resto, pero yo no les hacía caso. Me quedaba amando sólo a ella, hasta que la revuelta se hizo insoportable. No me dejaban en paz, e impedían que lograra algo con mi amada, por lo que decidí deshacerme de quien se interpusiera en mi camino para llegar a lograr mi deseo.
... Planearlo fue muy fácil. Pero tenía que ser rápido, para evitar que me descubrieran antes de terminar. No quería que ellas se defendieran y gritaran tanto que pudieran advertir a alguien de lo que ocurría. Tampoco quería que sufrieran, ya que les guardaba aprecio de todas formas; me habían hecho muy feliz, y quería demostrarles cuan agradecido estaba haciéndolas sufrir lo menos posible. Después de mucho pensarlo, me decidí por dos herramientas seguras y silenciosas: una navaja y un martillo.
... Fue sencillo y rápido con los cuadros, pero las esculturas me llevaron bastante tiempo.Terminé media hora antes de que finalizara mi turno, por lo que debía desaparecer cuanto antes. Pero antes tenía que hacer algo: convencerla de que viniera conmigo.
... No quiso. Se lo volví a pedir, y se volvió a negar. Le rogué, le supliqué, le dije que todo lo había hecho por ella, pero me rechazaba una y otra vez. No lo pude soportar: ya enfadado, le advertí que si no venía conmigo le pasaría algo malo, y comenzó a reírse de mí. Lo hizo de una manera tan despreciativa... No podía hacerme algo más humillante, y lo peor era que no se detenía. Esa risa resonaba en mi cabeza cada vez más y más, me hería en lo profundo del alma, me insultaba, hasta que de pronto hubo silencio.
... Al principio no entendí; abrí los ojos y entonces la vi. Colgaba hecha pedazos, muda, sin vida. Todavía sostenía la navaja en mi mano.
... Esto pasó ayer, aunque me parece como si hubiera sucedido hace años. Me fui justo antes de que vinieran a reemplazarme. No sé qué habrán pensado cuando entraron en el museo, pero ya no me importa. Creo que me buscan, pero no me encontrarán. Lo único que quiero es que me perdone. Espero que me comprenda y que entienda por qué lo hice. Que sepa que la extraño, y que quiero que me dé una segunda oportunidad; espero que dentro de poco, cuando nos volvamos a ver, me ame como lo merezco.

sábado, 16 de octubre de 2010

Su nombre

Escribió el nombre de él, en el borde de la hoja, chiquito, así, para que nadie supiera que ella estaba enamorada. Lo tachó, primero con una lapicera, después le pasó marcador por encima...
La tentación pudo más que ella; esta vez volvió a escribir el nombre de él pero más grande y en otra hoja. Se quedó contemplando su nombre unos segundos, como en un ritual hipnótico. Una tontería, pensó. Eso no era enamoramiento, que alguien escribiera el nombre de otra persona en varios papeles no significaba nada. Rompió el papel. Varios pedazos, no, pedacitos.
Sonrió. La mirada de él le invadió la mente. Quiso escribir su nombre de vuelta pero se contuvo. Volvió a reirse. Debo distraerme, pensó. Prendió la televisión. Estaban dando "Orgullo y prejuicio", la película de Darcy y Elizabeth, uno de los amores más grandes de la literatura... Apagó el televisor.
(Pero volvió a escribir su nombre, el de él).

miércoles, 13 de octubre de 2010

O fueron nueve

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Tal vez tuvimos sólo siete noches

no sé
no las conté
cómo hubiera podido.
Tal vez no más que seis
o fueron nueve.
No sé
pero valieron
como el más largo amor.
Tal vez
de cuatro o cinco noches como ésas
pero precisamente como ésas
tal vez
pueda vivirse
como de un largo amor
toda una vida.


(Idea Vilariño)

viernes, 8 de octubre de 2010

Rosie's Tea Party (Mark Ryden)



Cuando las palabras no aparecen, pueden hacerlo las imágenes.

(¿Quieren venir a tomar el té a mi casa?)


lunes, 27 de septiembre de 2010

La Musa Indiferente

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Era una persona a la que le gustaba leer y escribir. Tenía algunos trabajos escritos -cuentos cortos, alguna que otra crónica- y unas cuantas ideas que se veían prometedoras. El problema era que estaba bloqueado.
... Sabía que sus escritos no eran genialidades, pero consideraba que estaban bastante bien para empezar. Había leído mucho, y aunque parecía que eso no le había servido para pulir su estilo, sí le había ayudado en la redacción: solía hacer bastantes referencias -algunas más evidentes que otras- a obras o escritores que le parecían muy buenos. Era su forma de señalar, de mostrar textos que eran ignorados o muy poco valorados.
... Incluso se había armado un espacio en la web en donde (con un grupo de personas) publicaba sus propios textos y fragmentos de textos ajenos. Sin ver de quiénes eran los textos, se podía saber cuáles eran los suyos -el grosero estilo en el que escribía lo hacía muy evidente-, pero a él no le importaba; lo único que quería era mostrar lo que hacía al mundo.
... Pero en un momento tuvo que dejar de publicar. Y tuvo que dejar de publicar porque había dejado de escribir. Y había dejado de escribir porque no tenía ideas. Había un par de trabajos que estaban estancados y otros sin empezar. Estaban esperando ser retomados, esperando ser puestos en acción para poder fluir y que sus historias contaran lo que tenían que contar, pero el cerebro del autor estaba congelado, el hueco en el papel que se abría ante los ojos del escritor para que pudiera ver qué pasaba del otro lado y luego narrarlo se había cerrado, y daba la impresión de que así quedaría por mucho tiempo.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Guerra Química

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Salieron de las cuevas subterráneas silenciosas y atentas. La enceguecedora luz barría el contorno de sombras y sorprendió a la vanguardia. Sus cuerpos eran delgados y fuertes, armonizados por la ascesis de una voluntad colectiva y omnipotente. Atisbaron el horizonte y aspiraron la fresca brisa. Lejos se divisaban los luminosos pétalos del Árbol del Aroma, rojos y carnosos, sobre cimbreantes tallos protegidos de espinas. Un poco más allá, la amplia y generosa copa del Árbol del Pan ondulaba bajo la vacilante mano de la brisa. Casi invisibles, entrecortados por la bruma de la lejanía, podía divisarse de vez en cuando a miembros del comando de técnicos que se habían adelantado horas antes para demarcar el área de recolección.
... Abajo, en húmedos y templados aposentos bullía la vida de la familia de las exploradoras, junto a los depósitos de alimentos, las maternidades que incubaban miles de hijos futuros y los pequeños recintos donde se guardaba el precioso ganado del que obtenían el néctar de la alegría, meta de su esperanzado retorno.
... Observaron la vieja huella que conducía al próximo valle; vieron cómo el viento apretaba sobre la hierba multitud de cadáveres calcinados. Un sentimiento de pánico recorrió la prieta columna de obreras que aguardaba la orden de avanzar. Leves contactos de sus cuerpos, a modo de diálogo codificado, las ponía en condiciones para una efectiva receptividad. Toda la energía y el poder de la voluntad era para la causa del trabajo de la comunidad. Nada que no fuera el sacrificio les era permitido. La modestia de un trabajo inacabable y el holocausto de la propia vida eran frutos del instinto de su naturaleza racial más que propósitos de la inteligencia individual. Así, la proximidad de la muerte, como tributo de extraordinario potencial de sacrificio, carecía para ellas de mayor significado.
... Los cuerpos armoniosos y perfectos permanecían casi inmóviles aguardando la orden, y cuando la señal vibrátil llegó, una multitud emergió de las catacumbas y enfiló hacia las verdes praderas para tomas cuanto cada una podía y transportarlo con rapidez hacia la ciudad subterránea. Los guijarros y las agujas de los pinos gigantes entorpecían el paso. Sin embargo, nada era más fuerte que una voluntad común y perfecta sincronizada con la invisible computadora de la raza. Ni los relámpagos de luz que provenían del espacio, ni el esfuerzo hasta el límite, ni el quemante polvo que a tantas generaciones había destruido, era impedimento para esta nueva invasión. Se desplegaron hábilmente por el valle y treparon por los gigantescos árboles arrancando las fornidas hojas, los pétalos perfumados del Árbol del Aroma, y las combinaciones de tejidos y maderas, semillas y hebras, según el ordenamiento previo de los Superiores. Mientras un grupo cortaba, otro iniciaba el regreso sintiendo el sobrepeso insoportable, inmutables ante la distancia a recorrer, despreciando la alternativa de la muerte.
... De pronto, un sonido inesperado estalló en el aire al tiempo que una sombra voluminosa multiplicó el efecto de la luz sobre las sombras, formando una tormenta de pánico sobre la caravana. Las más fuertes trataron de llegar apresurando el paso y sosteniendo con fuerza la carga que llevaban sobre sus hombros. Otras, débiles y atemorizadas, procuraban ocultarse entre las altas hierbas que bordeaban el camino. Los gritos de los guardianes imponiendo el orden fueron aplastados por el áspero rugido que llegaba del cielo y antes que pudieran guarecerse, una lluvia fina y pestilente cayó sobre el camino y las cubrió. Quisieron correr, limpiarse el ceniciento manto que se adhería a sus paralizados miembros. La asfixia y el terror les provocaban en segundos una muerte dolorosa. Unas tras otras, las formidables atletas sucumbieron junto a los ennegrecidos cuerpos de las que habían integrado las expediciones anteriores, víctimas del mismo mal. Una suave brisa barría los cadáveres y el fruto de su inacabada faena.
... -¡Malditas!, no dejaré una sola con vida -vociferaba el jardinero, mientras continuaba desparramando hormiguicida en el jardín.


(Juan Coletti: El jardín de las flores invisibles, 1978)

lunes, 12 de julio de 2010

El abuelo

Un hombre, que se llama Amando, nacido en un pueblo que se llama Salitre, en la costa del Ecuador, me regaló la historia de su abuelo.
Los tataranietos se turnaban haciéndole la guardia. En la puerta le había puesto candado y cadena. Don Segundo Hidalgo decía que de ahí le venían los achaques:
-Tengo reuma de gato castrado -se quejaba.
A los cien años cumplidos, don Segundo aprovechaba cualquier descuido, montaba en pelo y se escapaba a buscar novias por ahí. Nadie sabía tanto de mujeres y de caballos. Él había poblado esa aldea de Salitre, y la comarca, y la región, desde que fue padre por primera vez, a los trece años.
El abuelo confesaba trescientas mujeres, aunque todo el mundo sabía que habían sido más de cuatrocientas. Pero una, una que se llamaba Blanquita, había sido la más mujer de todas.
Hacía treinta años que había muerto Blanquita, y él la convocaba todavía, a la hora del crepúsculo. Amando, el nieto, el que me regaló esta historia, se escondía y espiaba la ceremonia secreta. En el balcón, iluminado por la última luz, el abuelo abría una talquera de otros tiempos, una caja redonda de aquellas con ángeles rosaditos en la tapa, y se llevaba el algodón a la nariz:
-Creo que te conozco -murmuraba, aspirando el leve perfume de aquel polvo-. Creo que te conozco.
Y muy suavemente se balanceaba, dormitando murmullos en la mecedora.
Al atardecer de cada día, el abuelo cumplía su homenaje a la más amada. Y una vez por semana, la traicionaba. Le era infiel con una gorda que cocinaba recetas complicadísimas en la televisión. El abuelo, dueño del primer y único televisor del pueblo de Salitre, jamás se perdía ese programa. Se bañaba y se afeitaba y se vestía de punta en blanco, como para una fiesta, el mejor sombrero, los botines de charol, el chaleco de botones dorados, la corbata de seda, y se sentaba bien pegado a la pantalla. Mientras la gorda batía sus cremas y alzaba el cucharón, explicando las claves de algún sabor único, exclusivo, incomparable, el abuelo le hacía guiñadas y le lanzaba furtivos besos. La libreta de ahorros del banco asomaba en el bolsillo de arriba del traje. El abuelo ponía la libreta, así, insinuadita, como al descuido, para que la gorda viera que él no era un pobre pelagatos.

Eduardo Galeano,
(escritor uruguayo).

Para vos, Nico, que siempre me hablas de tu abuelo. Nos veremos pronto.

domingo, 20 de junio de 2010

sólo vine a ver el jardín.
tengo frío en las manos.
frío en el pecho.
frío en el lugar donde en los demás se forma el pensamiento.
no es éste el jardín que vine a buscar
a fin de entrar, de entrar, no de salir.

por favor, no creas que me lamento.
si comprendieras la voluptuosidad de comprobar.

me amaron, a lo menos eso dijeron.
muchos me amaron porque no soy parecida más que a mí
y por otros imponderables más bellos que la sonrisa de la
.......................................................[Virgen de las Rocas.
yo, ahora, creo amar y me siento acabada, epilogada.
¿cómo aprender los gestos primarios
de las pasiones elementales?

No me consuela

1972
Alejandra Pizarnik.

martes, 1 de junio de 2010

Los árboles mueren de pie (fragmento)

ABUELA.- ¡Pero qué estas diciendo! Hablas de tu marido como si no fuera tuyo; como si tuvieras que ganártelo aún.
ISABEL.- Es que usted no puede imaginar todo lo que es Mauricio para mí. Es más que el amor, es la vida entera. El día que le conocí estaba tan desesperada que me habría dejado morir en un rincón como un perro con frío. Él pasó junto a mí con un ramo de rosas y una palabra; aquella palabra sola me devolvió de golpe todo lo que creía perdido. En aquel momento comprendí desde dentro que iba a ser suya para siempre, aunque fuera de lejos, aunque él no volviera a mirarme nunca más. ¡Y aquí me tiene, atada a su carro, pero feliz porque es suyo!
ABUELA.- ¿Tan loca estás, hija?
ISABEL.- Si la locura es eso, bendita sea la locura. Benditos los ojos que me miran aunque no me vean. Bendita su mano en mi cintura aunque no sea más que un sueño. Escuche, abuela... (Se arrodilla a su lado.) El otro día me preguntaba usted por qué no quería hablar otro idioma que el de Mauricio. ¿Comprende ahora por qué? Un idioma no son las palabras, son las cosas, es la vida misma. Cuando yo era niña, mi madre me decía "querida"; era una palabra. Cuando iba a la escuela, la maestra me decía "querida"; era otra palabra. Pero la primera vez que Mauricio, sin voz casi, me dijo "¡querida!", aquello ya no era una palabra: era una cosa viva que se abrazaba a las entrañas y hacía temblar las rodillas. Era como si fuera el primer día del mundo y nunca se hubiera querido nadie antes que nosotros. Por la noche no podía dormir. "¡Querida, querida, querida...! Allí estaba la palabra viva rebotándome en los oídos, en la almohada, en la sangre. ¡Qué importa ahora que Mauricio no me mire si él me llena los ojos! ¡Qué me importa que el ramo de rosas siga diciendo "mañana" si él me dio fuerzas para esperarlo todo! Si no hace falta que nos quieran..., ¡si basta querer para ser feliz, abuela, feliz, feliz...!

Alejandro Casona

Diario de la guerra del cerdo (fragmento)

La miraba de cerca. Fijaba los ojos en los labios, en detalles de la piel, en el cuello, en las manos que le parecían expresivas y misteriosas. De pronto creyó que no besarla era una privación intolerable. Se dijo: "Estoy loco". Recapacitó que si la besaba, estropearía toda la ternura que ella tan espontáneamente le prodigaba. Caería tal vez en un error que la desilusionaría, que lo exhibiría como individuo insensible, incapaz de interpretar correctamente una efusión de generosidad; como un hipócrita, que se finge bueno, mientras hierve de apetitos groseros; como un tonto que se atreve a expresarlos. Pensó: "Esto no me pasaba antes" (y se dijo que el comentario se le volvía habitual). "En una situación así yo era un hombre frente a una mujer; ahora..." ¿Y si ahora se equivocaba? ¿Si perdía, por una incorregible timidez, la mejor oportunidad? ¿Por qué no ver las cosas humildemente, no entender que Nélida y él...?

Adolfo Bioy Casares
(1914-1999)

sábado, 29 de mayo de 2010

La máscara de la muerte roja (fragmentos)

(...)Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias. (...)

(...) Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

Edgar Allan Poe