lunes, 27 de febrero de 2012

La historia de Lisey (Fragmento)

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El sentimiento que se apodera de ella..., de Lisey, la práctica, la que siempre conserva la calma (salvo quizá el día en que se ve obligada a blandir la espada de plata, e incluso ese día, intenta convencerse a sí misma, estuvo estupenda), de la pequeña Lisey, que no pierde los papeles cuando todos los demás sí los pierden..., el sentimiento que se apodera de ella es una suerte de furia inflamada y constante, una furia divina que parece empujar a un lado su mente y adueñarse de su cuerpo. No obstante, y no sabe si se trata de una paradoja o no, esa furia también da la impresión de aclararle las ideas, debe de ser eso, porque de repente lo entiende. Dos años es mucho tiempo, pero por fin se le enciende la bombilla. Lo pilla todo. Ve la luz.
... Ha estirado la pata, como suele decirse. (¿Te gusta?)
... Se ha ido al otro barrio. (¿No te encanta?)
... Está criando malvas. (Una que pesqué en el lago al que todos vamos a beber y pescar.)
... Y si lo reduces a la esencia, ¿qué te queda? Bueno, pues que la ha dejado tirada. Se ha ido por patas. Se ha largado a la francesa. Se ha esfumado como por arte de magia. Ha dejado a la mujer que lo quería con cada fibra de su cuerpo y cada célula de su cerebro no tan inteligente, y lo único que le queda ahora a ella es esta... mierda de... puñetera... carcasa.
... Y se rompe. Lisey se rompe. Mientras entra como una exhalación en su estúpido rincón de los recuerdos, le parece oírle decir PPCCN, babyluv. Ponte las Pilas Cuando lo Consideres Necesario, pero las palabras se pierden, y Lisey empieza a arrancar placas, fotografías y menciones enmarcadas de las paredes. Coge el busto de Lovecraft que el jurado del Premio de Novela Fantástica le entregó por Demonios vacíos, aquel libro espantoso, y lo arroja a la otra punta del estudio.
... -Jódete, Scott, ¡jódete!
... Es una de las pocas veces que ha utilizado esta palabra de forma tan descarnada desde que Scott atravesó el vidrio del invernadero con la mano, la noche de la dáliva sangrienta. Aquel día estaba furiosa con él, pero nunca había estado tan furiosa con él como ahora; si estuviera aquí, quizá lo volvería a matar. Está hecha un basilisco y arranca todas aquellas manifestaciones de vanidad fútil hasta dejar las paredes desnudas (pocas de las cosas que tira al suelo se rompen, gracias a la mullida moqueta..., menos mal, pensará más tarde, tras recuperar la cordura). Mientras gira y gira sobre sí misma, convertida en un tornado, grita su nombre una y otra vez, grita Scott y Scott y Scott, grita de dolor, de pérdida, grita para hacer que vuelva, que vuelva, por favor. Nada de todo sigue igual, nada es igual sin él, le odia, le echa de menos, hay un agujero enorme en ella, un viento más frío que el que soplaba desde Yellowknife sopla ahora a través de ella, el mundo está tan vacío y tan desprovisto de amor que no hay nadie en él para gritar tu nombre y traerte de vuelta a casa. Por fin coge la pantalla del ordenador instalado en el rincón de los recuerdos, y su espalda emite un crujido de advertencia cuando lo levanta, pero a hacer puñetas su espalda, las paredes desnudas se mofan de ella, y ella está furiosa. Se da la vuelta torpemente con la pantalla en las manos y la arroja contra la pared. Se oye un golpe hueco, ¡PUUUMP!, y de repente se hace el silencio.
... No, fuera cantan los grillos.
... Lisey se desploma sobre la moqueta salpicada de recuerdos, sollozando. ¿Y consigue que vuelva? ¿Consigue traerlo de regreso a su vida mediante la fuerza de su dolor transformado ahora en furia? ¿Ha vuelto Scott como agua por una tubería largo tiempo vacía? Lisey cree que la respuesta a estas preguntas es


Stephen King: La historia de Lisey, 2005.

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