martes, 3 de noviembre de 2009

Relato sin nombre: el final

Bien, habíamos quedado en la parte en que nuestro hombre sin nombre llegaba en compañía de Sofía a la “Ciudad de las luces”.
Era muy tarde en la madrugada, pero tal era el nivel de luz en esa ciudad que, suponiendo que no conocieran la hora exacta, no serían capaces de darse cuenta si era de día o no.
A pesar de que habían viajado muchas horas sin parar, no tenían sueño; se sentaron en un banco decorado con luces de navidad que había en una plaza. La verdad es que era muy incómodo: las luces los rodeaban y hacía mucho calor y estas sólo lograban generar más calor todavía. Pero a pesar de eso, nuestro hombre le contó con mucho gusto a Sofía por qué había decidido salir de su casa y viajar sin un rumbo preciso.
Sofía lo miraba fijo y lo escuchaba atentamente.
-De donde vengo, dijo Sofía, no importa si tenés nombre o no; nadie te registra de todos modos.
El hombre sin nombre quiso decir algo, pero no supo qué.
-Y en tu ciudad, si nadie tiene nombre, ¿cómo hacen para saber de quién hablan si hablan de alguien que no está allí?
-No sé… Simplemente… Sabemos. Es difícil de entender para alguien que no haya vivido en la ciudad sin nombre.
-Entonces, ¿por qué saliste en busca de un nombre?
-Porque lo necesito.
-¿Para qué?
-No sé.

Nuestro hombre y Sofía supieron que ya era de día porque, a pesar de tanta luz, el sol podía distinguirse muy bien. De todas, era la luz más brillante. Decidieron que recorrerían un poco aquella ciudad. Pasaron junto a una casa que tenía la puerta abierta; desde el living brotaba de los parlantes Bohemian Rhapsody. A los dos les trajo recuerdos diferentes: ella se sintió feliz; él, triste.

En sí la ciudad no era muy interesante. Sofía y el hombre sin nombre salieron de vuelta al camino a las pocas horas.
Pasó el tiempo; el motor seguía ronroneando y las ruedas girando. Sofía se durmió, y al amanecer del día siguiente descubrió que se encontraban en un precioso lugar deshabitado rodeado de montañas. El hombre sin nombre no estaba en la camioneta. Sofía salió y empezó a buscarlo.
No tardó mucho en encontrarlo; oyó voces, las siguió, hasta encontrarse con nuestro personaje conversando con una pareja.
Se unió a la conversación y así fue como conoció a Romina y Santiago. Vivían en una casa rodante y pasaban sus días en la ruta, viajando y conociendo.
Santiago y Romina los invitaron a pasar y a quedarse unos días con ellos, hasta que partieran de nuevo. Al hombre sin nombre y a Sofía les pareció una buena idea y se quedaron con ellos.
Compartieron los siguientes tres días juntos. Decidieron subir a uno de los cerros más cercanos a su pequeño campamento. Ni Sofía ni el personaje habían subido nunca a ninguna montaña ni habían experimentado la maravillosa sensación de llegar a la cumbre.
El paisaje era magnífico: podían distinguir un río a lo lejos. Los árboles combinaban colores creando otros increíblemente bellos.
Sofía y el hombre sin nombre decidieron quedarse allí, a pesar de que sus compañeros de viaje bajaron.
-Me gusta el nombre Lucas, dijo Sofía.
-¿Para quién? ¿Para mí?
-Sí, claro. ¿Qué te parece?
-Lucas. Lucas. Me gusta, me gusta.
-Que bueno. Ya tenés un nombre. ¿Te sentís diferente ahora?
-La verdad… no.
-¿Entonces? ¿Por qué tanta búsqueda?
-No lo sé. Pero definitivamente me siento completo ahora.
-Entonces sí sentís algo.
Nuestro hombre sin nombre, que a partir de este momento pasó a ser Lucas, sonrió.
-Sí, siento algo. Me gusta tener nombre.

Se quedaron en la cumbre hasta que empezó a anochecer.
Al día siguiente, Santiago y Romina se despidieron. Lucas y Sofía escucharon cómo "Shine on you crazy diamond" se alejaba acompañando a sus nuevos amigos. Un dejo de melancolía y recuerdos acarició el viento que los despeinó un poco.
Pasaron su última noche en aquel lugar. Fue entonces cuando Sofía le dijo que ya estaba lista para volver a casa.
-Yo no, contestó Lucas.
-No importa, podés seguir tu viaje, si eso es lo que querés.
-Sí, es lo que quiero. Mañana te llevo hasta la ciudad, esté donde esté, y retomo mi viaje.
-No te preocupes por eso, me las arreglo para volver sola.
-¿Estás segura?
-Muy segura.
-Como quieras.

Había llegado el momento de la despedida. Hicieron todo lo posible para extender el tiempo que les quedaba por compartir.
-¿Estás segura de que no querés que te lleve?
-Sí, no me preguntes más, por favor.
-Es que no es ningún problema…
-Basta. Me vuelvo sola, vos volvés a la ruta. Quedamos así.

Un silencio envolvió sus cuerpos. Se abrazaron. Por las mejillas de Sofía rodaron un par de lágrimas.
-Fue muy lindo haberte conocido, le dijo.
-También para mí. Gracias por la compañía.

Sofía le dio un cassette viejo y usado.
-Para que te quede un recuerdo de nuestro recorrido.
-Yo no tengo nada que darte, le dijo Lucas.
-No importa. Con tu recuerdo me alcanza.

Lucas se subió a su camioneta, arrancó y se fue.
Sofía volvió a su casa unos días después. Recordó para siempre el tiempo que había compartido con aquel amigo que sentía como si fuese de toda la vida. Una amistad eterna y feliz.

De Joni Mitchel era el cassette que le había regalado Sofía. Lucas sonrió al escucharlo.
Continuó viajando sin parar, sólo se detenía para dormir. Necesitaba estar solo.
Una noche si sintió cansado de manejar; quería descansar.
Divisó un camino al costado de la ruta. Dobló y se internó entre árboles altos y frondosos. Estacionó. Había encontrado de casualidad un campo donde no habitaba nadie. Bajó de su camioneta y observó el panorama: la luna iluminaba todo el lugar. Lucas estaba maravillado, ¡era tan hermoso!
Puso en la vieja casetera de la camioneta un cassette de Los Beatles y se recostó cómodamente sobre el pasto. Comenzó a recordar todo lo que había vivido a partir del día en que había decidido salir de su casa y se preguntó por qué no lo había hecho antes. Después sonrió: de todos modos lo había hecho. Peor hubiese sido no haber salido nunca.
El sonido que hacían los grillos acompañaba la música que Lucas escuchaba. Cerró los ojos y dejó que esta lo envolviera por completo. Sentía cada nota vibrando hasta la punta de sus dedos. Veía colores que formaban imágenes que sólo él entendía.
Abrió los ojos y se incorporó para observar todo una vez más. Se sintió lleno. Pensó en su nombre. Le gustaba mucho y le recordaba a Sofía. Volvió a recostarse. Estaba en paz, nada le molestaba, nada lo angustiaba.
Y entonces soñó. Soñó con su vieja casa, con Sofía. Soñó con Pueblo Chiquito, con la pareja que conocieron en las montañas, con el río, con la luna.
Soñó con la música que lo había acompañado durante todo el viaje, con la canción que sonaba en ese momento. Comprendió en sueños que ya no iba a despertarse de nuevo. Se sintió increíblemente triste por un momento. Luego, tranquilidad. Y justo antes de dormirse para siempre, soñó que caminaba. Que caminaba por infinitos campos de frutillas.

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